Xullo 20, 2024

Un reparto equitativo

Se oía la algarabía escaleras abajo y enseguida salieron en tropel corriendo por la puerta que conducía al patio donde los padres los recogían cada tarde a la salida del colegio.
Enseguida fueron conectando con sus madres, abuelas y padres que iban poniendo en sus manos el bocadillo con el que pintaban sus labios de chocolate.
Apenas dos minutos después, solo quedaban en el patio dos niños que por su apariencia sin duda eran hermanos, casi gemelos a no ser por la diferencia de edad de unos tres años que los separaban: ojos oscuros, labios gruesos, pómulos salientes, pelo liso moreno. Hasta sus movimientos parecían formar parte de una misma coreografía. Una mujer con aspecto de madre les miraba perpleja desde el coche reconociendo en ellos muchas semejanzas con su propio aspecto físico. Se observaron entre ellos y un idéntico gesto de extrañeza se colocó en los tres rostros. La directora se acercó y le dio a la mujer una nota donde encontró la explicación:

«Elena, ya he firmado el divorcio y tal como acordamos me he llevado mi parte: el color azul de los ojos de María, el cabello pelirrojo de Saúl, los dedos largos y labios finos y apretados de los dos. También les he cogido mi parte de lógica matemática y mi humor absurdo. La voz grave y los hombros anchos me las llevo también porque son claramente míos. También les he borrado los recuerdos de las cosas que han aprendido conmigo y los momentos en que hemos discutido y se han enfadado por mi culpa. Son todos para ti. Adiós»

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