Xuño 17, 2024

Sala 5

Tatuajes

—Después de tanto tiempo, te sigue haciendo pequeña recordar aquella etapa tan complicada.

—Se me quedó grabada en la piel. 

—Como uno de esos  tatuajes que llevas en los brazos. ¿No se pueden borrar? 

-—Ahora con láser, pero también se puede convertir una paloma en un dragón o dibujar, a partir de una calavera, una bandera sobre un barco pirata. 

-—En lugar de borrar esa huella de la pisada del maltrato, la podemos incorporar en algo más grande y poderoso.

—Un cover le llaman los tatuadores a eso —me reveló con los ojos muy abiertos como si hubiese entrado en la tumba de un faraón.

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La solidez del victimismo

A los doce años ya había germinado en ella esa hiedra colonizadora de las percepciones y los significados de las experiencias. Pronto, una multitud de ramificaciones perfectamente entreveradas con su identidad, compartirían savia formando un único organismo vivo. Esto haría imposible su destrucción por ningún método hasta ahora conocido de fumigación, cirugía y ni siquiera de exorcismo.

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Las dificultades y la distancia

Paseando cerca de la costa resulta frecuente encontrarse con que un muro demasiado alto nos impide contemplar el paisaje. Resulta inevitable enfadarnos y nos preguntamos por qué alguien lo ha puesto ahí y cuál es el mejor método para poder derribarlo. A veces olvidamos que dar unos pasos hacia atrás y alejarnos ladera arriba es la mejor manera de salvar el obstáculo y atisbar el horizonte.

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El descubrimiento de la soledad

Al final, descubrí ese hueco vacío con paredes blancas y nada dentro. Un espacio que debería de estar adornado con las fotos importantes; desde la primera ecografía hasta la primera boda pasando por la primera comunión y la primera sonrisa sin dientes de los siete años. Ese lugar estaba lleno de ausencia, vacío de recuerdos de amor. Tras largos años de búsqueda infructuosa me atreví a abrir esa puerta y situarme en el centro de esa sala. No quería descubrir que estaba sola.

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A veces se me cae la piel

Algunos días pasa y se me da por sentir y me desnudo el alma, me dejo invadir.
Un mundo que amenaza y que lucha por entrar, un mundo que apasiona lucha por salir.
Solo algunas veces en que todo me da igual se abren las compuertas de la inmensidad y estallan deseos que destapan mi pasión, caen las cremalleras y aparezco yo.
Y es que a veces se me cae la piel, algunas veces se me cae la piel.

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El trapo deshilachado

Me siento como uno de esos trapos viejos, muy finos, como una gasa a punto de deshilacharse. Ha limpiado multitud de almas y arrastrado la suciedad de todo tipo de superficies mugrientas frotando muchas veces con excesivo ímpetu. Ha tenido que enjuagarse y escurrirse cientos de veces y ya no es de un blanco brillante porque no soportaría un lavado con lejía. Somos trapos desgastados, no dejamos pelusas y el contacto con la piel es suave. En lugar de arrojarnos al cubo de la basura nos depositamos en el fondo del cajón reservados para dar brillo a nuestros objetos más preciados.

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Un reparto equitativo

Se oía la algarabía escaleras abajo y enseguida salieron en tropel corriendo por la puerta que conducía al patio donde los padres los recogían cada tarde a la salida del colegio.
Enseguida fueron conectando con sus madres, abuelas y padres que iban poniendo en sus manos el bocadillo con el que pintaban sus labios de chocolate.
Apenas dos minutos después, solo quedaban en el patio dos niños que por su apariencia sin duda eran hermanos, casi gemelos a no ser por la diferencia de edad de unos tres años que los separaban: ojos oscuros, labios gruesos, pómulos salientes, pelo liso moreno. Hasta sus movimientos parecían formar parte de una misma coreografía. Una mujer con aspecto de madre les miraba perpleja desde el coche reconociendo en ellos muchas semejanzas con su propio aspecto físico. Se observaron entre ellos y un idéntico gesto de extrañeza se colocó en los tres rostros. La directora se acercó y le dio a la mujer una nota donde encontró la explicación:

«Elena, ya he firmado el divorcio y tal como acordamos me he llevado mi parte: el color azul de los ojos de María, el cabello pelirrojo de Saúl, los dedos largos y labios finos y apretados de los dos. También les he cogido mi parte de lógica matemática y mi humor absurdo. La voz grave y los hombros anchos me las llevo también porque son claramente míos. También les he borrado los recuerdos de las cosas que han aprendido conmigo y los momentos en que hemos discutido y se han enfadado por mi culpa. Son todos para ti. Adiós»

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El riesgo de narrar

Tan útil es narrar para dar sentido y transformar experiencias dolorosas, como para tergiversar y sesgar experiencias triviales y convertirlas en asuntos escabrosos. Hablar es una actividad extremadamente arriesgada.

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¿De dónde soy?

Les hablo a mis hijos del puerto desde donde el abuelo Juan me sacaba a pescar cuberas. La barca estaba unida a una boya amarrada a un bloque de cemento del fondo que le servía de punto fijo del que partir y a donde volver. Me enseñó a preparar el cebo y a tener paciencia.
«Nunca te morirás de hambre», me dijo al sacar mi primer pez de agua. Hace años que mi abuelo ya no está sobre la barca. 23° 8′ 25″N 81°46′ 51″O, ahí está la piedra del fondo y ese es mi sitio donde quiera que yo esté.

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Sobre la felicidad

Si desde algún punto de vista, plantearse la existencia como meros espectadores de lo que nos ocurre puede parecer penoso, más lo es padecer el engaño de pretender manejar nuestro destino y hacernos culpables de todo lo que nos acontece, tanto por dentro como por fuera. Si perseguir la felicidad consiste en esto, yo de esta religión me desapunto.

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La verdadera historia

Un día de estos voy a tomar medida de todos los marcos en donde figuran las fotos de la historia de mi vida. Cambiaré la de mi primera comunión, por una con un ojo morado tras una pelea con Ruanes. La de mi actuación de pastor de Belén, por mi primer día de preescolar agarrado a la bota de mi madre. La de mi graduación en el instituto, por esa en la que encajo un gol por el medio de las piernas en la final del campeonato regional. Seguirían imágenes de mi primera borrachera a los catorce sentado en la acera con un Malboro en los labios y otra de mi fuga en el tren con Graciela y también del bofetón que recibí a la vuelta… Por supuesto enmarcaría mi primer beso, las discusiones que vinieron después y la de mi hija de tres kilos en mis brazos. Pondría también la última visita al abuelo al hospital… y tantas otras… Una lástima que no tengamos las imágenes de estas escenas que darían fe de nuestra verdadera naturaleza y de nuestra verdadera historia.

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Con madres así…

Diferentes autores se han ocupado de describir las reacciones  que sufrimos tras las perdidas afectivas. Desde modelos animales representados por Bowlby, Harlow, Ainsworth,  hasta los principales estudiosos del duelo humano, así, a bote pronto, Kübler Ross, Worden y Neimeyer.  Todos ellos definen fases y/o tareas para atravesar hasta la recuperación, que se podría entender como la disolución del vínculo afectivo (o recolocación de esa relación en un lugar diferente). En todo caso, se trata de alcanzar ese lugar donde experimentar sosiego con el deseo atenuado de recuperar lo perdido. Aceptación es la palabra favorita para expresar la consecución del objetivo final. 

A poco que uno se sumerja en esas teorías, aparecen matices sobre la secuencia de esas etapas (siete en algunos casos), que pueden cambiar de orden, repetirse  (con retrocesos y avances sucesivos) e incluso omitirse algunas de ellas. En definitiva,  que existe un amplio consenso de que cada uno hace el duelo a su manera. 

“Me resulta inquietante no estar experimentando esa opresión en el pecho, enfado, o estar llorando por las esquinas. Debo de estar en esa fase que llaman negación”.

Tras varios años de progresivo deterioro y prolongadas hospitalizaciones, Carmina,  la principal cuidadora (además de hija y compañera), recordó en la sala 5 las conversaciones con su madre.  Era su principal confidente, que respondía siempre con un “tu tira que si te va mal ya estoy yo aquí para apoyarte”. Hace pocas semanas “se apagó plácidamente; ni siquiera conmigo, para ahorrarme ese mal trago”. Había conseguido, con su relación de protección aceptadora, que sus alas fuesen fuertes y amplias. Incluso desde una situación de dependencia siguió contribuyendo a que pudiera sobrevivir a su ausencia. 

Con madres así sobran los duelos.

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